El PUEBLO DE SAN ISIDRO
La relación de Belgrano con San Isidro se da a partir de su labor como secretario del Consulado de Buenos Aires, dado que se interesa por la mala situación de los caminos, puentes, canales de riego, transportes, así como también de fundar pueblos sobre la costa. Con el apoyo de Pedro Antonio Cerviño, Domingo Pallares y Eustaquio Gianinni, realiza trabajos en la zona del Riachuelo y Barracas, construcción del muelle de Buenos Aires, así como sondeos en la costa bonaerense, desde el puerto de Buenos Aires hasta las Catalinas. Dos poblaciones costeras constituyen el interés de Belgrano: la Ensenada de Barragán y el Partido de la Costa o de Monte Grande y especialmente, dentro de éste, el pago de San Isidro.
San Isidro fue fundado el 14 de octubre de 1706, en las tierras conocidas como Tierras del Santo, cedidas por el capitán Domingo de Acassuso, que poseía una chacra en Monte Grande y en ella una capilla privada. Sobre esta base se ha de erigir una capilla pública, para que los habitantes puedan asistir a misa. Esto dará lugar a la formación del pueblo de San Isidro, poblado por numerosas chacras y quintas fuera de este casco. El 23 de octubre de 1730 se erige el curato de la costa o Monte Grande y se le asigna por parroquia propia la Capilla de San Isidro. El pueblo fue delineado por Andrés García en 1812-1813. Recién entre 1873-1875 se definieron los límites del territorio. Asimismo, entre 1784 y 1822, se fueron perfilando las autoridades civiles y militares. En marzo de 1810, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, recorre con una importante comitiva las tierras del Pago de la Costa. Admira la vegetación de San Isidro y se traslada al pueblo y puerto de las Conchas(Tigre actual), se interesa por el pueblo de San Fernando de la Buena Vista, ubicado en Punta Gorda, y en los trabajos del canal, que se habían iniciado antes de las Invasiones Inglesas (1806-1807). Se propone este funcionario promover la formación de estos pueblos de la Costa y en especial San Isidro y San Fernando, llevando a cabo obras suspendidas, entendiendo la utilidad y beneficios que ellos acarrearían a la causa pública, pues fundamentaba el giro comercial con el Paraguay y los distintos puntos del litoral rioplatense. Carlos Belgrano, hermano del prócer, fue nombrado comandante del pueblo con instrucciones precisas referidas al canal. Belgrano, tan interesado en el fomento de los plantíos, se interesó en adaptar algunas especies cordilleranas en la Recoleta, para luego plantarlas en el Pago de la Costa. Entre ellas podemos mencionar: valeriana, gencianas, umbilíferas en general, como andrómeda, arbuto, cascarilla o quina en varias de sus especies. Naranjos, limoneros y duraznos se dieron con facilidad en San Isidro. Pequeñas manzanitas silvestres. Aguarivay, guayabos y aribaibo, llegadas de la zona del oriente altoperuano (Bolivia actual). Reina apache, jareta del monte y ciertos árboles de vainilla silvestre, begonias y la célebre ariruma, orquídea muy perfumada llegada de las Misiones, al igual que una gran selección de jazmines del Paraguay. Se intentó plantar el molle, árbol de la zona peruana, de importante follaje, muy a propósito para la planicie. La lista es inconmensurable. Estacas de álamos y alerces, aromos y manzanillas, competían en el pago de San Isidro con la rosa del río, suerte de ibisqus nativo- rosa china, llegada de las riveras del Paraná al Plata. Las acacias, los fresnos y el clavelón de color rojo- tipo margarita, entre pastizales; ciertos tipos de cactus en las barrancas, en blanco y amarillo. El clavel del aire, a lo largo de la ribera del Paraná, que colgado de ramas tenía su propia microclima y tejía colores entre la campanilla serrana y trepadora cuya flor era llamada de los suspiros o dama de noche. La oreja de ratón en las barrancas, los ojos o huevos de gallos en las tapias, enredados en las rústicas construcciones. Los hinojos salvajes, los anisados y zazafros, perfumaban las noches de verano. Agreguemos a ello una inmensa variedad de volaterías, entre pájaros voladores y terrestres: chimangos, lechuzas, suri (ñandú pequeño), cigüeñas, bandurrias, perdices, tinamures o inamues, martinetas, pavas del monte, mezclados con el ibis del río y gritos del hornero, cachilas, calandrias, zorzales, gallinetas de agua, teros, becasinas y gaviotas. Huidizos lobitos de río, zorrinos y hurones del monte, onzas asustadas que bajaban con las corrientes del río, yuguaré chico y otros habitantes fluviales como ratones de agua, nutrias salvajes, vizcachas. El tunqui de color fuego de los montes, chillando largamente. Los pescadores rendían cuenta de algunos ejemplares de río: sábalo, dorado, bagres, vacas de agua o camuatí, entre el piar de patos y otros palmípedos y croar de ranas y sapos. La placidez de las quintas fueron testigo de episodios románticos e históricos bajo una vegetación frondosa que daba marco al paisaje agreste del San Isidro de ayer.
Extractado de una conferencia dictada por la Dra. Cristina Minutolo de Orsi en el Golf Club de Villa Adelina, Partido de San Isidro, julio 2006. |
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